La política exterior de la Administración Bush ha puesto en serio riesgo el prestigio norteamericano en el mundo. Algunos comentaristas especializados y muy proclives a los postulados neocons arguyen que asistimos al estado de naturaleza hobbessiano, en virtud del cual el mundo sería una selva y sólo los más fuertes pueden, y deben, realizar acciones de tal contundencia de forma que nadie pueda intentar cambiar el estado de cosas que “legitiman” la belicosa política del Tío Sam. Otros, en cambio, apostados tras un recalcitrante antiamericanismo, vislumbran la larga mano imperialista y opresora de la hiperpotencia hegemónica. Un término medio, como casi siempre, parece el camino más adecuado a la hora de valorar si la política exterior norteamericana tiene o no éxito global.A nadie debería escapar que este mundo, sobre todo a raíz de los atentados del 11-S, es mucho más inseguro que el anterior. Obviamente, EE.UU. tenía que responder ante tales ataques, y eso ha hecho, invadiendo Afganistán y cambiando el régimen talibán por un gobierno títere. Ídem sucedió en Irak. Desde un punto de vista objetivo, EE.UU. ha cosechado indudables éxitos militares que deberían haber hecho retroceder la amenaza islamista radical, sin embargo esto no ha sucedido, y lo que parece meridianamente claro es que la Pax Americana no parece que tenga visos de lograrse. No sólo el estrepitoso fracaso al que estamos asistiendo en Irak (cuyo futuro nadie parece aventurarse a pronosticar) o Afganistán (paradigma de Estado fallido) son los culpables de esta percepción de la realidad mundial. Veamos algunos ejemplos: auge del terrorismo islamista internacional, nuclearización de la Península de Corea, el problema atómico iraní o la “chavización” de América Latina. Pero EE.UU. sigue siendo, de lejos, el país más poderoso del mundo, incluso a más distancia de otros países que hace 6 años, aunque también es más vulnerable a las amenazas globales que la propia Norteamérica pretende neutralizar.
No es que se pueda decir que George W. Bush o sus colaboradores sean culpables de esta calamitosa situación, pero es significativo que el nexo común de todos estos conflictos sea un antiamericanismo rampante, y mucho tiene que ver en ello la Administración republicana y sus ideólogos, comenzando por la Secretaría de Estado y el Pentágono. Aunque han hecho algunos gestos, no es de esperar que la nueva mayoría demócrata en el Congreso torne esta situación, pues en EE.UU. la política exterior no es cosa de presidentes, sino de la nación en su conjunto, como reiteradamente nos ha enseñado la historia.
La duda que cabe exponer es si sería mejor una retirada gradual del coloso americano a su original aislacionismo o si, por el contrario, hace falta más firmeza y resolución, como predican algunos brillantes académicos, para acabar con esta verdadera plaga bíblica a la que, en última instancia, solo EE.UU. puede enfrentar.
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