Nicolás Sarkozy es un personaje peculiar: de aristocráticos orígenes húngaros, el pequeño dirigente liberal ha conseguido alcanzar la cúspide de la política francesa a base de tesón, esfuerzo e inteligencia. Adoptado por Chirac y luego repudiado, fue de nuevo acogido en el seno gaullista tras hacerse quizás el más carismático de sus dirigentes. Sarkozy encarna la ruptura de la derecha francesa con los viejos dinosaurios que, como Chirac o Giscard, con la inestimable aportación del ¿socialista? Miterrand, han llevado a la V República al borde del colapso tras décadas de corrupción, falsa grandeur y una gestión ineficaz. Frente a ellos, ha emergido un político disidente, con tanta seguridad en sí mismo y en sus posibilidades q
ue algunos le tacharían de ególatra, arrogante e inmodesto. Sin embargo, el pequeño gran Nicolás ha demostrado su astucia en todos y cada uno de los campos donde ha trabajado, llámese ministerio de Economía, del Interior o la propia presidencia de UMP (Unión por la Mayoría Popular).Su discurso ha entusiasmado y molestado a partes iguales: señal de que es un político con las ideas muy claras. Cuando, tras los disturbios en los suburbios de París dijo que limpiaría las viejas banlieus de escoria, parecía que por fin el último delfín de Chirac, el oportunista e ilustrado bonapartista Dominique de Villepin, había conseguido el propósito por el cual introdujo a Sarko en su gobierno, que no era otro que hundirlo en el pantanoso lodazal de la política francesa y erigirse en elegido por la patria, amén de ungido por Chirac, a quien adora.
Afortunadamente, Francia cuenta con un nuevo político que dice, y parece que hace, lo que piensa. Habla de patria cuando otros andan buscando adjetivos estúpidos a esa palabra: patriotismo constitucional, patriotismo ciudadano, etc.; habla de inmigración en términos de dureza para con quien utiliza la generosidad del Estado en provecho propio, en tiempos difíciles para eso. Se niega a admitir la entrada de Turquía en el club europeo diciendo con la boca llena que ni Turquía es Europa ni ésta puede admitir a un Estado de las proporciones del turco, sin contar con las futuras peticiones de adhesión de países que, geográficamente, son mucho más europeos que el viejo Imperio Otomano. Es liberal, y como tal se reconoce, sin importarle que hoy en día esa palabra sea anatema en la cultura política europea. Y así podríamos continuar bastante tiempo más.
Orden, liberalismo, patria, son conceptos que desgraciadamente van desapareciendo en España. Aznar, del que Sarko es amigo y admirador, y en quien se fijó para reconstruir el gran partido de centro-derecha francés, propuso en su día un modelo similar, y triunfó, hasta que su soberbia y la inoperancia de sus adláteres puso el gobierno de España en manos de Zapatero. Esperemos que a Sarkozy no le suceda, aunque a diferencia de Aznar, el ya ha muerto y resucitado varias veces. En cambio, Aznar ya está acabado.
Sególène Royal puede ir preparando sus mejores galas para decir a Europa que tuvo el honor, esperemos, de sucumbir ante el mejor político que ha surgido en Europa tras los padres del proyecto europeo. Suerte a Sarkozy.
el Ulster, así como el reconocimiento explícito de la jurisdicción de los Tribunales británicos en Irlanda del Norte. Gerry Adams y Martin MacGuinnes se han vuelto a salir con la suya. Los próximos comicios serán claves para establecer qué correlación de fuerzas existe en el Parlamento de Stormont, una vez que Londres reanude la autonomía que suspendió en 2002, cosa que ha realizado hasta en cuatro ocasiones, aunque todo indica que se mantendrá la actual proporción entre repu




