Causa perplejidad leer cómo se puede escribir un análisis sobre un personaje tan controvertido para la historia como Fidel Castro y que además se pueda salir airoso de tal lance. Ignacio Ramonet (Foreign Policy, edición española, nº 19) dice alegremente que los cubanos no quieren los cambios, que la estructura comunista, de cincuenta años ya, goza de buena salud. Estoy de acuerdo con Ramonet en la perjudicial que han resultado los EE.UU. para la democratización de la isla, y tampoco es menos cierto los logros en algunos casos del régimen castrista, como sanidad, educación o dotar a Cuba de una fuerte identidad nacional. En cambio, parece ignorar lo fundamental: la libertad. En Cuba, el Sr. Ramonet no podría mantener este debate con Carlos Alberto Montaner, y ello por la simple razón que el Sr. Montaner estaría encarcelado en cualquiera de las prisiones cubanas donde van a parar los que abogan por el cambio. Además, so capa de un antiamericanismo pertinaz, Ramonet centra su poderosa batería argumentativa en los EE.UU., focalizando sobre un blanco mucho más cuestionable para los lectores como la discutidísima política exterior norteamericana, pues siempre que critiquemos a los EE.UU., por lo menos en Europa, contaremos de entrada con un respaldo que muy pocas causas pueden proporcionar, y eludiendo la verdadera causa del debate, la libertad de Cuba mientras Fidel viva. Es curioso como algunos intelectuales que se precian de tales pueden caer subyugados ante el poderoso carisma del Comandante, ignorando la condena que el dictador ha impuesto a la isla. Si Fidel alguna vez hizo algo por Cuba, fue hace mucho tiempo, y el cambio vendrá aunque algunos no quieran verlo, y menos aún justificarlo. La libertad no es algo que se pueda medir, y la ideología no debería cegarnos. Cuba necesita democracia, y será lo que los cubanos quieran que sea. Pero al menos tendrían que tener esa opción. lunes, 12 de febrero de 2007
¿BUENO PARA CUBA?
Causa perplejidad leer cómo se puede escribir un análisis sobre un personaje tan controvertido para la historia como Fidel Castro y que además se pueda salir airoso de tal lance. Ignacio Ramonet (Foreign Policy, edición española, nº 19) dice alegremente que los cubanos no quieren los cambios, que la estructura comunista, de cincuenta años ya, goza de buena salud. Estoy de acuerdo con Ramonet en la perjudicial que han resultado los EE.UU. para la democratización de la isla, y tampoco es menos cierto los logros en algunos casos del régimen castrista, como sanidad, educación o dotar a Cuba de una fuerte identidad nacional. En cambio, parece ignorar lo fundamental: la libertad. En Cuba, el Sr. Ramonet no podría mantener este debate con Carlos Alberto Montaner, y ello por la simple razón que el Sr. Montaner estaría encarcelado en cualquiera de las prisiones cubanas donde van a parar los que abogan por el cambio. Además, so capa de un antiamericanismo pertinaz, Ramonet centra su poderosa batería argumentativa en los EE.UU., focalizando sobre un blanco mucho más cuestionable para los lectores como la discutidísima política exterior norteamericana, pues siempre que critiquemos a los EE.UU., por lo menos en Europa, contaremos de entrada con un respaldo que muy pocas causas pueden proporcionar, y eludiendo la verdadera causa del debate, la libertad de Cuba mientras Fidel viva. Es curioso como algunos intelectuales que se precian de tales pueden caer subyugados ante el poderoso carisma del Comandante, ignorando la condena que el dictador ha impuesto a la isla. Si Fidel alguna vez hizo algo por Cuba, fue hace mucho tiempo, y el cambio vendrá aunque algunos no quieran verlo, y menos aún justificarlo. La libertad no es algo que se pueda medir, y la ideología no debería cegarnos. Cuba necesita democracia, y será lo que los cubanos quieran que sea. Pero al menos tendrían que tener esa opción.