Ahora que se han aplacado un poco los ánimos quizás sea la hora de abordar con seriedad, desapasionadamente, el triunfo de los movimientos radicales iberoamericanos. La victoria de Evo Morales en Bolivia es el triunfo inequívoco de un carisma personal, de las ganas de cambio motivado por el hastío de un país que ya no creía en nada ni en nadie. Pero ¿Es oro todo lo que reluce? No se puede ser tan iluso.Los métodos usados por Morales no han diferido mucho de los empleados por su principal apoyo, el Presidente de Venezuela. Hugo Chávez, hay que recordarlo, intentó llegar al poder por la vía golpista. Como no lo consiguió, decidió que la democracia podía ser el camino adecuado para conseguir sus fines: unificar América Latina bajo el ideal bolivariano de la unidad de los pueblos suramericanos, eso sí, bajo una ideología cuasi-marxista, pues en la mente del caudillo venezolano no cabe la posibilidad de que la democracia liberal pueda lograr algo más que más que vaciar las arcas del Estado y llenarse las propias. Parece que algo de esto le ha enseñado Fidel. Ha sido Chávez quien ha enmarañado la campaña boliviana inundando de petrodólares al MAS (Movimiento al Socialismo) de Morales desde el Palacio de Miraflores, sede presidencial caraqueña, que a su vez ha planteado su campaña en términos tan populistas como desfasados, amenazando a las empresas extranjeras con la expropiación de las reservas naturales del país (Repsol ya sabe lo que esto significa). Es el tipo de medidas que llevan inevitablemente a una nación a la ruina, si es que acaso existe más ruina posible en Bolivia. Más intervencionismo, más regulación, más proteccionismo, más subvención. MAS. Lo que esta gente parece desconocer, aparte de Cuba, es que el ex-Coronel Chávez va camino de cumplir diez años en el poder, y que no ha hecho prácticamente nada, basta comprobarlo en cualquier índice estadístico medianamente serio, para paliar las necesidades de sus conciudadanos, más allá de despilfarrar los abultados ingresos petrolíferos en financiar arreglos cosméticos en los descomunales vertederos-vivienda que rodean Caracas o rearmar un ejército que, a priori no debe tener más enemigos que los que el propio Chávez se quiera buscar. No hay dinero para levantar Venezuela, pero sí para financiar soterradamente a Morales en Bolivia, a Humala en Perú, a la narcoguerrilla colombiana, a los piqueteros argentinos o al castrismo galopante, a veces con dinero, otras con gestos políticos…eso sí, nadie discute que Chávez tiene carisma, carácter, para algunos incluso es simpático, y no se puede negar que los pobres le adoran. Chávez es su caudillo, su protector, y él lo sabe.
Estos petrodólares bolivarianos, pasados por el tamiz del socialismo real, el antiimperialismo, la antiglobalización, el nacionalismo y el indigenismo amenazan con postergar el desarrollo, ya de por sí extremadamente dificultoso, de una zona económica que tenía, y aún tiene, todos los ingredientes para triunfar en una economía global. Esto suele suceder cuando en un país los cuadros mejor cualificados engrosan las filas laborales de las multinacionales y en el gobierno sólo sirven los paniaguados de turno, las estirpes familiares incompetentes, los oligarcas de rancio abolengo y todo tipo de adláteres, eso sí, de piel muy blanquita. No extraña pues que, invocando el inconformismo y la rebeldía, se suban sin recato alguno al carro demagógico-populista, personajes tan pintorescos como Ollanta Humala u ¿Otra vez usted? Daniel Ortega, utilizando la retórica chavista sin el menor escrúpulo porque, de nuevo, el fin justifica los medios. Se ha dicho que los Ochenta representaron la década perdida de Iberoamérica; no sabemos si se podrán permitir el lujo de perder otros veinte años más y terminenos lamentablemente por dar la razón al libertador San Martín cuando afirmaba aquello de que entre todas aquellas que hablan español, sólo Chile sabe ser República.