Cuando miles de toneladas de desperdicios se hacinan por las calles de la bella capital del sur de Italia, cuando el gobierno nacional, regional o local se muestra impotente para atajar semejante problema de salud pública, cuando el ejército ha intentado poner orden en el desconcierto y fracasado en el intento, uno se pregunta hacia dónde va Italia. Aún están recientes las declaraciones del recién investido (otra vez) Presidente del Consejo de Ministros en las que afirmaba que si ganaba las elecciones trasladaría la capitalidad a Nápoles en tanto no se solucionara el problema de la basura. Ahora dice que será el próximo Consejo de Ministros en Nápoles el que tome cartas en el asunto. Con toda lógica, la población ha perdido cualquier esperanza y, contra las normativas político-sanitarias, sólo ve un alivio en el incendio sistemático de los residuos, con el grave peligro para la salud pública que ello conlleva. En España estamos acostumbrados a periódicas huelgas de los empleados municipales de limpieza cuando llega el verano, nos preocupamos por las incomodidades que nos suponen y la imagen que transmitimos al turismo, nuestra principal industria. Sin embargo, en comparación con la salvaje situación italiana, no pasan de situaciones casi anecdóticas. La cuestión en Italia es mucho más grave: es el fracaso del propio Estado. Si el principal garante de nuestro bienestar, a quien nos hemos abandonado en un contrato por el cual perdemos libertades para garantizarnos unos derechos básicos falla en su cometido, si no impone el aparato estatal, con las fuerzas del orden incluidas, en un lugar donde el único estado es el de la Mafia en sentido puro, lógico será comprender que los ciudadanos se tomen la justicia por su mano y procuren aliviarse de la única forma que tienen, quemando la basura y atentando contra su propia salud. Lo raro, en fin, sería que los gobernantes italianos solucionaran alguno de los problemas de sus ciudadanos.sábado, 24 de mayo de 2008
BASURA NAPOLITANA
Cuando miles de toneladas de desperdicios se hacinan por las calles de la bella capital del sur de Italia, cuando el gobierno nacional, regional o local se muestra impotente para atajar semejante problema de salud pública, cuando el ejército ha intentado poner orden en el desconcierto y fracasado en el intento, uno se pregunta hacia dónde va Italia. Aún están recientes las declaraciones del recién investido (otra vez) Presidente del Consejo de Ministros en las que afirmaba que si ganaba las elecciones trasladaría la capitalidad a Nápoles en tanto no se solucionara el problema de la basura. Ahora dice que será el próximo Consejo de Ministros en Nápoles el que tome cartas en el asunto. Con toda lógica, la población ha perdido cualquier esperanza y, contra las normativas político-sanitarias, sólo ve un alivio en el incendio sistemático de los residuos, con el grave peligro para la salud pública que ello conlleva. En España estamos acostumbrados a periódicas huelgas de los empleados municipales de limpieza cuando llega el verano, nos preocupamos por las incomodidades que nos suponen y la imagen que transmitimos al turismo, nuestra principal industria. Sin embargo, en comparación con la salvaje situación italiana, no pasan de situaciones casi anecdóticas. La cuestión en Italia es mucho más grave: es el fracaso del propio Estado. Si el principal garante de nuestro bienestar, a quien nos hemos abandonado en un contrato por el cual perdemos libertades para garantizarnos unos derechos básicos falla en su cometido, si no impone el aparato estatal, con las fuerzas del orden incluidas, en un lugar donde el único estado es el de la Mafia en sentido puro, lógico será comprender que los ciudadanos se tomen la justicia por su mano y procuren aliviarse de la única forma que tienen, quemando la basura y atentando contra su propia salud. Lo raro, en fin, sería que los gobernantes italianos solucionaran alguno de los problemas de sus ciudadanos.sábado, 10 de mayo de 2008
SLÁN LEAT
Después de 11 de años de éxitos como Primer Ministro de Irlanda, Bertie Ahern se ha visto obligado a hacer las maletas y entonar el Slán leat (adiós en gaélico).
En 15 años, Eire ha pasado de cerrar todas las estadísticas económicas europeas a ser el segundo Estado más rico de la misma, si medimos ésta en renta per cápita, de todo el continente, gracias la política impulsada por Ahern y el Fianna Gael, altamente comprometida con la innovación tecnológica y su desarrollo, sin descuidar la esencia de la verde y melancólica Irlanda, ya sea potenciando un turismo de calidad y sostenible, ya sea promoviendo el idioma gaélico sin desaprovechar su verdadero vehículo de comunicación, que desde luego y pese a quien pese, es el inglés. No sólo eso: como Taoiseach o Primer Ministro del Eire, ha sido actor princi
pal del proceso de paz del Ulster que, junto a Blair, Adams, Trimble, Hume o Paisley, ahora sí parece que llegará a buen fin. Desarrollo económico, paz en el turbulento norte, implicación europea más allá de la habitual servidumbre a Gran Bretaña, entre otros éxitos. ¿Podemos pedirle más a un político en poco más de una década de gobierno? Pues sí. Si se pone en entredicho su integridad moral en base a un presunto delito económico, él decide retirarse y brindar por ello en su pub favorito con los amigos.
pal del proceso de paz del Ulster que, junto a Blair, Adams, Trimble, Hume o Paisley, ahora sí parece que llegará a buen fin. Desarrollo económico, paz en el turbulento norte, implicación europea más allá de la habitual servidumbre a Gran Bretaña, entre otros éxitos. ¿Podemos pedirle más a un político en poco más de una década de gobierno? Pues sí. Si se pone en entredicho su integridad moral en base a un presunto delito económico, él decide retirarse y brindar por ello en su pub favorito con los amigos.
Si muchos de nuestros políticos tuvieran una hoja de servicios tan brillante como la de Ahern, dudo mucho que se retiraran tras 11 años de Gobierno. Es la última lección de Irlanda al mundo, y debemos tomar nota de ese gesto. Quién lo diría hace unos años, pero qué envidia nos dan los irlandeses.
Bravo por el Taoiseach.
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