Los acontecimientos se precipitan en Pakistán y es difícil pronosticar como acabará todo. El General Musharraf tiene todas las papeletas para presidir el ocaso de su régimen y, si se descuida, su vida acompañará al mismo. La d
ictadura pakistaní, tachada por algunos de pro-occidental, pero que en realidad ha financiado escuelas coránicas donde se imparte libremente la ideología yihadista, no ha frenado las ansias integristas de los pastunes pro-talibanes ni
acabado con el feudo de Al-Qaeda en su frontera oeste, baila en la cuerda floja. Los cada vez más numerosos y sofisticados intentos por acabar con la vida de Musharraf, los sucesos de la Mezquita Roja, los nuevos actos terroristas que atemorizan a una población cada vez más depauperada, la falta de democracia y libertad, soñada por el padre de la nación Alí Jinnah, el Ataturk pakistaní, se acumulan en la agenda presidencial. Sin embargo, Musharraf, como buen militar, ya no gobierna desde Islamabad, sino desde Rawalpindi, sede de las poderosas Fuerzas Armadas pakistaníes. El dilema es desmoralizador. Más democracia y la posibilidad de que una supuesta mayoría islamista tomara el poder y, consiguientemente, las riendas de un ejército con capacidad nuclear, que sería letal para la región y quizás para el mundo, o fortalecimiento de una dictadura cada
vez más inútil y represora, que parece preocuparse sólo de su mera supervivencia. En cambio, la “solución turca” parece más factible: democracia a la occidental tutelada por un ejército, guardián de las esencias laicas del régimen y vigilante ante cualquier atisbo de teocracia. No es una solución, quizás, bien vista en Occidente, pero tal vez parece la más acertada en este caso de emergencia nacional de facto. Musharraf tiene poco o ningún crédito en su país. A los ojos de muchas naciones y de sus propios ciudadanos, más bien parece un político sostenido por el largo brazo de la diplomacia norteamericana, aunque eso tampoco sea cierto. La gravedad del asunto ha escorado el problema indo-pakistaní a la marginalidad, y sin embargo no se puede descartar un recalentamiento de ese conflicto para neutralizar las amenazas interiores, aunque sólo sería el canto del cisne de Musharraf. El peligro de una revolución es obvio. El destino final: Ataturk o Jomeini. Quién sabe que es lo peor para Pakistán.
ictadura pakistaní, tachada por algunos de pro-occidental, pero que en realidad ha financiado escuelas coránicas donde se imparte libremente la ideología yihadista, no ha frenado las ansias integristas de los pastunes pro-talibanes ni
acabado con el feudo de Al-Qaeda en su frontera oeste, baila en la cuerda floja. Los cada vez más numerosos y sofisticados intentos por acabar con la vida de Musharraf, los sucesos de la Mezquita Roja, los nuevos actos terroristas que atemorizan a una población cada vez más depauperada, la falta de democracia y libertad, soñada por el padre de la nación Alí Jinnah, el Ataturk pakistaní, se acumulan en la agenda presidencial. Sin embargo, Musharraf, como buen militar, ya no gobierna desde Islamabad, sino desde Rawalpindi, sede de las poderosas Fuerzas Armadas pakistaníes. El dilema es desmoralizador. Más democracia y la posibilidad de que una supuesta mayoría islamista tomara el poder y, consiguientemente, las riendas de un ejército con capacidad nuclear, que sería letal para la región y quizás para el mundo, o fortalecimiento de una dictadura cada
vez más inútil y represora, que parece preocuparse sólo de su mera supervivencia. En cambio, la “solución turca” parece más factible: democracia a la occidental tutelada por un ejército, guardián de las esencias laicas del régimen y vigilante ante cualquier atisbo de teocracia. No es una solución, quizás, bien vista en Occidente, pero tal vez parece la más acertada en este caso de emergencia nacional de facto. Musharraf tiene poco o ningún crédito en su país. A los ojos de muchas naciones y de sus propios ciudadanos, más bien parece un político sostenido por el largo brazo de la diplomacia norteamericana, aunque eso tampoco sea cierto. La gravedad del asunto ha escorado el problema indo-pakistaní a la marginalidad, y sin embargo no se puede descartar un recalentamiento de ese conflicto para neutralizar las amenazas interiores, aunque sólo sería el canto del cisne de Musharraf. El peligro de una revolución es obvio. El destino final: Ataturk o Jomeini. Quién sabe que es lo peor para Pakistán.